Tallada en marfil hace más de 20.000 años, la Venus de Brassempouy nos muestra uno de los primeros rostros humanos representados en el arte prehistórico.
Su mirada serena, enigmática y silenciosa, nos conecta con la profundidad de lo ancestral y con el misterio de lo divino hecho imagen.
En ella reconocemos a la Gran Madre, encarnada no en un cuerpo entero, sino en un semblante que atraviesa los milenios.
Su delicadeza nos habla de una belleza sagrada que no se marchita y de la memoria de los pueblos que invocaban a la Diosa en sus formas más puras.
La Venus de Brassempouy es testigo de un tiempo remoto y aún hoy nos recuerda que la esencia de lo sagrado habita en el rostro humano.
Técnica: ilustración digital
Tamaño: A4




